(Capítulo VII)
Cuando escuchamos la palabra performance o hablamos de puesta en escena en el contexto de la música clásica, a menudo nos viene a la mente una imagen rígida, encorsetada y con márgenes de cambio reducidos. Si bien es cierto que en los últimos años hemos visto una cierta evolución en aspectos externos como la vestimenta o la iluminación en las salas de concierto, hoy quiero abordar el concepto de la performance desde una perspectiva puramente musical: la gestualidad física como vehículo del sentimiento artístico.
Una vez que un grupo ha trabajado la partitura, ha pulido la técnica y ha consensuado un concepto interpretativo, el trabajo no termina ahí. Existe una dimensión visual que influye directamente en la forma en que el público percibe y procesa la música. Mientras tocamos, nuestra mente debe estar concentrada al cien por cien en la emisión y la escucha; sin embargo, los puntos culminantes de cada movimiento deben ser reflexionado también desde el plano escénico para que la energía de la formación trascienda la mera vibración del aire.
Tomemos un ejemplo muy claro: el final de un movimiento lento. Imaginemos un paso de acordes melancólicos que van muriendo progresivamente hasta disolverse en un silencio absoluto para toda la agrupación, dejando únicamente la resonancia natural de la sala.
En ese instante preciso, los músicos deben ser conscientes de que el concierto no ha terminado porque el arco haya dejado de frotar la cuerda o el aire haya cesado en la embocadura.
El silencio también se interpreta: La concentración de los integrantes, la mirada fija en el espacio, la postura corporal contenida o el cierre suave de los ojos son herramientas escénicas que obligan al público a sostener la respiración. Si un solo músico relaja los hombros antes de tiempo, mira el reloj o baja el instrumento con brusquedad, romperá el hechizo del silencio para el oyente, destruyendo en un segundo el impacto de todo el movimiento anterior.
Pensemos ahora en el extremo opuesto: la construcción hacia el clímax de un último movimiento, donde la textura armónica y rítmica se encamina de forma frenética hacia un forte o fortissimo desbordante.
Para que ese punto de inflexión funcione en la sala, toda la formación debe proyectar visualmente que ha alcanzado la cúspide de la obra. No basta con presionar más el arco o soplar con más caudal; todo el cuerpo del instrumentista debe involucrarse en ese asentamiento energético. La inclinación del torso, el arraigo del peso corporal y la tensión gestual coordinada comunican al espectador que el grupo está entregando hasta la última gota de su fuerza al servicio de la partitura. La grandiosidad de la música se escucha con el oído, pero se ratifica con la vista.
El peligro de la falta de alineación en el grupo
Existe la falsa creencia de que este tipo de gestualidad escénica surge de manera 100% natural e instintiva sobre las tablas. La realidad en el aula de ensayo es muy distinta.
A menudo ocurre que dos o tres miembros de una formación ven con absoluta claridad la necesidad de enfatizar un pasaje con el cuerpo, mientras que un cuarto integrante se queda completamente al margen de esa percepción. Puede ser por timidez, por introversión o simplemente porque no ha terminado de comprender la intencionalidad de esa articulación dentro de la estructura.
El resultado de esa falta de alineación es devastador para la puesta en escena: el público percibe de inmediato una fisura en la entrega del grupo. Por esta razón, la performance y la gestualidad física deben debatirse y ensayarse de manera explícita entre compañeros:
- ¿Hasta dónde mantenemos la tensión corporal en esta pausa?
- ¿Cómo abordamos físicamente el arranque de esta sección acelerada?
- ¿En qué momento bajamos todos los instrumentos tras el último acorde?
Formaciones consolidadas vs. Ensembles ocasionales
Es aquí donde la brecha entre los grupos que llevan años rodando juntos y aquellos que se reúnen para un compromiso eventual se vuelve insalvable.
En un conjunto maduro, la gestualidad no se percibe ensayada ni artificial; fluye de forma orgánica y conducida, como si los cuerpos de los músicos respondieran a un mismo sistema nervioso. En cambio, en las agrupaciones de ocasión, la falta de consenso escénico suele traducirse en movimientos descoordinados, rigidez corporal o gestos exagerados que distraen en lugar de sumar.
La gran música habla por sí sola, de eso no hay duda. Pero cuando una formación logra alinear su técnica, su concepto sonoro y su presencia física sobre el escenario, la interpretación trasciende la categoría de concierto para convertirse en una experiencia artística inolvidable.
Ciro Hernández