Hay proyectos que se gestan en la mente durante años, esperando el momento exacto y la madurez compositiva necesaria para salir a la luz. Para mí, esa obra es Resonancia. Se trata de mi primera composición de carácter puramente sinfónico, concebida originalmente para el despliegue de una gran orquesta, aunque su estreno definitivo tomó un rumbo diferente y sumamente íntimo.
El año pasado, en 2025, la obra vio la luz en el marco del Festival de Música Contemporánea de Canarias. Su estreno no fue con una masa orquestal, sino en un formato de cámara de «un intérprete por instrumento», defendido por una plantilla excepcional: quinteto de cuerda, flauta, oboe, clarinete, percusión y piano. Tuvimos la inmensa fortuna de llevarla a los escenarios de las dos sedes de los conservatorios canarios, tanto en Gran Canaria como en el Conservatorio Superior de Santa Cruz de Tenerife.
El latido electromagnético de la Tierra
¿Por qué es esta la obra que siempre quise componer? La respuesta se esconde en un fenómeno de la física y la naturaleza que siempre me ha mantenido fascinado: la resonancia Schumann. Se trata, en esencia, del latido sonoro y electromagnético de la Tierra; una frecuencia que nuestro planeta emite constantemente hacia el espacio profundo.
Resonancia nace como un humilde homenaje artístico a este acontecimiento natural. Para trasladar esta idea al papel pautado, intenté imitar ese pulso planetario a través de la repetición de una nota larga que nace prácticamente del silencio (dal niente) y va creciendo progresivamente en intensidad.
A partir de ahí, me permití el lujo de jugar con distintos lenguajes musicales que llevaba tiempo queriendo abordar en una sola pieza. Cada uno de estos lenguajes me sirvió como un pincel para dibujar las diferentes imágenes satelitales que la ciencia ha capturado de nuestro globo. La obra no se conforma con una sola atmósfera; busca desplegar la enorme paleta de colores y contrastes que conviven en nuestro planeta. Por ello, la estructura va cediendo el protagonismo melódico a distintos instrumentos, encargados de delimitar el marco sonoro de cada paisaje geográfico.
Una amalgama de timbres (y la sorpresa del bandoneón)
A la plantilla instrumental que ya tenía en mente se le sumó un elemento inesperado y maravilloso. La obra atendía a una convocatoria de la Asociación de Compositores de Tenerife (COSIMTE), y uno de los requerimientos estrictos de las bases era la inclusión del bandoneón.
Introducir este instrumento, con tanta carga histórica y un color tan específico, dentro de un lenguaje contemporáneo y sinfónico fue un reto analítico precioso. El resultado fue una amalgama de timbres oscura, brillante y rica, donde el fuelle del bandoneón se fusionaba con las maderas, la percusión y las cuerdas de una forma casi mística.
La fantasía sonora que yo había albergado en mi cabeza se trasladó de forma fidedigna a las partituras, pero la música contemporánea siempre guarda sorpresas en el plano físico. En el tramo final de la obra, escribí una sección de ritmos irregulares bastante complejos, con cambios de compás constantes y una rítmica diseñada para crear un «valor añadido» a la métrica tradicional.
Durante los ensayos generales, nos dimos cuenta de que la ejecución corría el riesgo de perder la ultraprecisión que requería el momento. El inicio de ese entramado técnico estaba asignado originalmente a mi instrumento, el violonchelo, pero el director de la orquesta, José María Vicente, tomó una decisión brillante y pragmática:
«Para simplificar el engranaje y asegurar la limpieza del bloque rítmico, es mejor que sea la percusión quien comience dibujando el patrón técnico en lugar del violonchelo».
Acaté el cambio de inmediato y fue un acierto total. El resto de la obra fluyó de manera espectacular en ambas salas. Si tuviera que elegir, me quedo con el recuerdo de la segunda interpretación en Tenerife, donde el grupo ya respiraba la obra con más soltura, permitiéndonos disfrutar al máximo de la masa de texturas que habíamos creado.
Resonancia es una pieza compacta, de no más de 12 minutos de duración, pero encierra una enorme libertad en su enfoque. Al estar abierta a diferentes sutilezas interpretativas, tengo la certeza de que es una obra que siempre va a estar viva.
Además, es un caramelo para cualquier director de orquesta; a diferencia de mucha música contemporánea actual que funciona por pura inercia celular o matemática, aquí el director tiene que trabajar con la batuta mucho más de lo normal, guiando de forma activa las transiciones y los balances de color.
Fue un proceso intenso, pero ver nacer la obra que siempre quise escribir y escucharla resonar en mi tierra es una de las mayores satisfacciones que me ha dado la composición. Ojalá algún día tengas la oportunidad de escucharla.