El desconocimiento sobre las facturas en el mundo musical o la fiscalidad.

El error, la factura y el laberinto fiscal del músico

En el mundo de la música, especialmente dentro del ámbito de la música clásica, vivimos sumergidos desde que empezamos los estudios en una burbuja absorbente. El instrumento exige tanto que, para alcanzar el máximo nivel técnico e interpretativo, tienes que entregarle todo tu tiempo y toda tu alma. Sin embargo, esta entrega absoluta tiene un precio colateral: dejamos completamente de lado la educación financiera. Pasan los años, nos hacemos adultos y seguimos siendo analfabetos en lo que respecta a la economía del músico.

Es curioso, porque en otros estilos musicales parece que se aprende un poco antes a manejar el dinero, tal vez porque se mueven en otro nivel económico o porque acostumbran a cobrar pequeñas cantidades de forma más dinámica. En la música en general, sigue habiendo demasiada gente que se aprovecha, que explota o que regatea el caché del artista sin pensarlo dos veces. Y lo peor es que hay muchos músicos que se dejan explotar porque su única meta es subirse al escenario, sin mirar las condiciones. Es por esto que, todavía hoy, arrastramos ese mal endémico del arte: grandes músicos que mueren sin tener un fondo ni para pagar su propio entierro. Es una realidad trágica que se sigue repitiendo.

Mi primer «sobre» a los 16 años

Sin irme por las ramas, quiero contarles cómo fue mi bautismo en este mundo. Cuando tenía 16 años, me llamaron para grabar un spot publicitario y tuve que hacer mi primera factura. Yo no tenía ni la más remota idea de cómo se hacía aquello. Se lo confesé abiertamente a la persona que me iba a pagar, quien me explicó de forma muy banal lo que debía poner: el concepto, la cantidad, mi nombre, apellidos, dirección y número de cuenta. Lo firmé, me pagaron ese dinero en mano y me fui a casa tan feliz.

No tenía idea de que las cosas no se hacían así. De hecho, la gran mayoría de los conciertos que realicé entre los 14 y los 20 años los cobré en negro. Era lo habitual de la época: te daban un sobrecito al bajar del escenario o te pagaban directamente en mano. Gracias a ese dinero en efectivo pude sufragar mis estudios y, tras años de hormiguita y ahorro constante, logré comprarme mi primer violonchelo profesional (aunque debo destacar que gran parte de la inversión se la debí a una beca del Estado que me concedieron).

El error del romanticismo: Pensar que la música se alimenta solo del alma es un error romántico que se paga caro en la adultez. El dinero en mano ayuda al principio, pero te deja totalmente desprotegido ante el futuro.

Hacienda somos todos

Por suerte, las cosas han cambiado radicalmente. Hoy en día el sistema se ha vuelto mucho más estricto y transparente. Se nos exige estar dados de alta en la Seguridad Social cada vez que nos subimos a un escenario y declarar cada céntimo que ganamos. Si no te lo exige la ley directamente a ti, se lo exigen a la empresa o ayuntamiento que te va a contratar.

Sé que muchos compañeros han visto este cambio como algo molesto o negativo, pero yo lo considero sumamente positivo. Hacienda somos todos. Todos queremos hospitales públicos de calidad, carreteras seguras, educación y servicios sociales eficientes. Para que eso exista, es obligatorio que aportemos nuestro granito de arena, uno a uno, de manera legal.

El verdadero hándicap aparece cuando terminas la carrera superior. Te dan un título, eres un virtuoso de tu instrumento, pero sales a la calle y no sabes rellenar una factura física. No sabes cuánto dinero puedes facturar al año por tu cuenta sin ser autónomo, ni en qué momento exacto debes empezar a declarar el IVA o el IRPF. En ese peligroso gris legal se mueve la gran mayoría de los músicos jóvenes, hasta que empiezan a facturar cantidades serias o consiguen su primera nómina. Y ahí viene otro dilema: aprender a equilibrar lo que cobras por cuenta ajena con lo que debes declarar por tu cuenta en la factura.

La fiscalidad internacional y el mito de los solistas eternos

Este problema no es exclusivo de nuestro entorno; pasa sinceramente en todos los países del mundo. He conocido a grandísimos profesionales de la música que viven al día, con lo justo, y que no tienen ni la menor idea de cómo funciona la fiscalidad porque carecen de un techo de gasto. Mientras son jóvenes, la música les llena, pero cuando la familia crece y las responsabilidades aumentan, te ves obligado a conocer las normas del juego para poder trabajar con ellas.

La cosa se complica aún más cuando cruzas fronteras. Tienes la suerte de que te contraten en un país extranjero y aterras sin saber qué retenciones te van a aplicar. Cada país tiene unos porcentajes de impuestos específicos dependiendo de si eres residente, comunitario o extracomunitario. Las transacciones internacionales tienen reglas muy particulares y descuidarlas puede costarte un disgusto económico.

  • ¿Por qué los grandes solistas nunca se jubilan? Muchas veces vemos a leyendas de la música que siguen en los escenarios con ochenta años. Tendemos a pensar que lo hacen por puro amor al arte, pero la cruda realidad en muchos casos es que nunca desarrollaron un plan de jubilación. No pagaron los impuestos correspondientes, no cotizaron para tener derecho a una pensión digna o pensaban que tenían buenos ahorros y vieron cómo el dinero volaba de sus manos debido a malas gestiones fiscales.

Pierde el miedo y busca ayuda

La verdad sobre cómo fiscalizar el dinero dentro de la música es algo que nadie te cuenta en el conservatorio. Cada concierto fuera de tu país y cada actuación con músicos extranjeros implica enfrentarse a un sistema fiscal distinto, nuevo y particular.

Por eso, mi consejo de oro para cualquiera que esté empezando a cobrar por su arte es muy simple: invierte un poco de dinero en un buen asesor fiscal. No le tengas miedo al desconocimiento. Paga una consulta, siéntate con un profesional y pídele que te explique todo de arriba abajo, desde cómo emitir una factura legal en tu país hasta cómo declarar tus ingresos internacionales. Gastar tiempo y recursos en entender el sistema del lugar donde resides es tan vital para tu carrera como afinar el instrumento.

Aprender a gestionar tu economía no te hace menos artista; te hace un profesional libre, dueño de su futuro y de su jubilación. ¡Como siempre, mucho ánimo!

Resonancia: La obra que siempre quise escribir

Hay proyectos que se gestan en la mente durante años, esperando el momento exacto y la madurez compositiva necesaria para salir a la luz. Para mí, esa obra es Resonancia. Se trata de mi primera composición de carácter puramente sinfónico, concebida originalmente para el despliegue de una gran orquesta, aunque su estreno definitivo tomó un rumbo diferente y sumamente íntimo.

El año pasado, en 2025, la obra vio la luz en el marco del Festival de Música Contemporánea de Canarias. Su estreno no fue con una masa orquestal, sino en un formato de cámara de «un intérprete por instrumento», defendido por una plantilla excepcional: quinteto de cuerda, flauta, oboe, clarinete, percusión y piano. Tuvimos la inmensa fortuna de llevarla a los escenarios de las dos sedes de los conservatorios canarios, tanto en Gran Canaria como en el Conservatorio Superior de Santa Cruz de Tenerife.

El latido electromagnético de la Tierra

¿Por qué es esta la obra que siempre quise componer? La respuesta se esconde en un fenómeno de la física y la naturaleza que siempre me ha mantenido fascinado: la resonancia Schumann. Se trata, en esencia, del latido sonoro y electromagnético de la Tierra; una frecuencia que nuestro planeta emite constantemente hacia el espacio profundo.

Resonancia nace como un humilde homenaje artístico a este acontecimiento natural. Para trasladar esta idea al papel pautado, intenté imitar ese pulso planetario a través de la repetición de una nota larga que nace prácticamente del silencio (dal niente) y va creciendo progresivamente en intensidad.

A partir de ahí, me permití el lujo de jugar con distintos lenguajes musicales que llevaba tiempo queriendo abordar en una sola pieza. Cada uno de estos lenguajes me sirvió como un pincel para dibujar las diferentes imágenes satelitales que la ciencia ha capturado de nuestro globo. La obra no se conforma con una sola atmósfera; busca desplegar la enorme paleta de colores y contrastes que conviven en nuestro planeta. Por ello, la estructura va cediendo el protagonismo melódico a distintos instrumentos, encargados de delimitar el marco sonoro de cada paisaje geográfico.

Una amalgama de timbres (y la sorpresa del bandoneón)

A la plantilla instrumental que ya tenía en mente se le sumó un elemento inesperado y maravilloso. La obra atendía a una convocatoria de la Asociación de Compositores de Tenerife (COSIMTE), y uno de los requerimientos estrictos de las bases era la inclusión del bandoneón.

Introducir este instrumento, con tanta carga histórica y un color tan específico, dentro de un lenguaje contemporáneo y sinfónico fue un reto analítico precioso. El resultado fue una amalgama de timbres oscura, brillante y rica, donde el fuelle del bandoneón se fusionaba con las maderas, la percusión y las cuerdas de una forma casi mística.

La fantasía sonora que yo había albergado en mi cabeza se trasladó de forma fidedigna a las partituras, pero la música contemporánea siempre guarda sorpresas en el plano físico. En el tramo final de la obra, escribí una sección de ritmos irregulares bastante complejos, con cambios de compás constantes y una rítmica diseñada para crear un «valor añadido» a la métrica tradicional.

Durante los ensayos generales, nos dimos cuenta de que la ejecución corría el riesgo de perder la ultraprecisión que requería el momento. El inicio de ese entramado técnico estaba asignado originalmente a mi instrumento, el violonchelo, pero el director de la orquesta, José María Vicente, tomó una decisión brillante y pragmática:

«Para simplificar el engranaje y asegurar la limpieza del bloque rítmico, es mejor que sea la percusión quien comience dibujando el patrón técnico en lugar del violonchelo».

Acaté el cambio de inmediato y fue un acierto total. El resto de la obra fluyó de manera espectacular en ambas salas. Si tuviera que elegir, me quedo con el recuerdo de la segunda interpretación en Tenerife, donde el grupo ya respiraba la obra con más soltura, permitiéndonos disfrutar al máximo de la masa de texturas que habíamos creado.

Resonancia es una pieza compacta, de no más de 12 minutos de duración, pero encierra una enorme libertad en su enfoque. Al estar abierta a diferentes sutilezas interpretativas, tengo la certeza de que es una obra que siempre va a estar viva.

Además, es un caramelo para cualquier director de orquesta; a diferencia de mucha música contemporánea actual que funciona por pura inercia celular o matemática, aquí el director tiene que trabajar con la batuta mucho más de lo normal, guiando de forma activa las transiciones y los balances de color.

Fue un proceso intenso, pero ver nacer la obra que siempre quise escribir y escucharla resonar en mi tierra es una de las mayores satisfacciones que me ha dado la composición. Ojalá algún día tengas la oportunidad de escucharla.

Cómo poner tu música en el mundo cinematográfico y audiovisual cuando eres compositor

Introducción a este mundo

Desde hace ya unos años, vengo trabajando intensamente desde la empresa Vector de Ideas con un propósito muy claro: desarrollar y potenciar la industria musical en Canarias para conectarla con el mundo de la gran pantalla y la televisión. El objetivo final de este esfuerzo es conseguir que la música que creamos y grabamos termine integrada dentro de una película, una serie, un documental, un spot publicitario o cualquier formato audiovisual posible.

El camino de aprendizaje para lograrlo no ha sido sencillo, y de hecho aún seguimos en ello, puliendo estrategias para cumplir nuestros objetivos más ambiciosos. No es un secreto para nadie que trabaje en esto que mi gran sueño es poder jubilarme algún día y vivir dignamente de mis derechos de autor; para alcanzar esa meta, no hay mejor lugar donde estar que dentro del engranaje de la industria audiovisual.

Para colocar tu música en una producción, existen dos caminos principales. El primero consiste en que te contraten directamente como el Compositor Oficial de una película o serie; serás el autor de la banda sonora original y, si el proyecto tiene éxito, generarás una cantidad considerable de derechos de autor (aunque hay que decir que, a veces, las grandes productoras exigen que los compositores vendan o cedan parte de estos derechos). El segundo camino, y en el que yo me he especializado, consiste en licenciar música que ya está grabada para que los editores la utilicen como una herramienta narrativa sobre la imagen.

Elegí esta segunda vía porque convertirse en el compositor principal de un largometraje exige una red de contactos muy específica o una inversión de tiempo gigantesca dentro de los estudios de grabación que, ahora mismo, mi ritmo de vida actual no me permite asumir. Tras años recopilando información, analizando mercados y asistiendo a paneles de la industria, quiero explicarles cómo funciona este apasionante sector de la sincronización.

El punto de partida indiscutible es que tu música debe estar grabada con la máxima calidad técnica posible, preferiblemente en formatos sin compresión como WAV o AIFF. Hoy en día, los estándares de la industria son altísimos, pero la calidad artística y técnica se da por sentada; el verdadero valor diferencial radica en la mezcla y en cómo entregas ese sonido. Dependiendo del estilo, un formato mono puede ser artísticamente interesante, pero si entregas una pista en estéreo, el sonido debe estar en un primer plano absoluto. Las producciones audiovisuales huyen de las grabaciones donde el sonido de la sala o la reverberación natural del espacio están demasiado presentes, ya que esto choca con los diálogos y los efectos de sonido de la película.

Sin embargo, el gran embudo de esta industria no es técnico, sino jurídico y legal. Si eres el poseedor del fonograma (es decir, el dueño de la grabación de sonido), tienes una mina de oro en potencia, pero para que una empresa te la compre, debes pasar unos filtros legales estrictos. Debes demostrar que posees el 100% de los derechos de esa grabación. Esto significa que ningún músico que haya participado en la sesión de grabación puede apelar o exigir que la música se baje o no se use. Para evitar sorpresas, es obligatorio firmar un contrato de cesión de derechos de fijación e interpretación con cada intérprete involucrado.

Del mismo modo, si la música ha sido compuesta por otra persona que no seas tú, necesitas un contrato de representación firmado por el compositor que garantice que no se opondrá a que su obra sea utilizada en el corte final del proyecto audiovisual. En el momento en que una grabación tiene los derechos compartidos con terceras personas sin un papel firmado de por medio, las posibilidades de que sea seleccionada para una película caen en picado. Las productoras no tienen tiempo para negociar con cinco personas distintas por un fragmento de treinta segundos; el objetivo final para poder vivir de tus derechos es simplificar al máximo el número de personas relacionadas con el fonograma.

Cabe recordar que, aunque cedas los derechos comerciales, los derechos morales y ciertos aspectos de propiedad intelectual son inalienables y jamás se pueden vender. Para poder rastrear tu música y cobrar lo que te corresponde cuando se emita en televisión o cines, tus archivos deben incluir obligatoriamente toda la cadena de códigos de identificación internacional:

  • ISRC: El código del fonograma (la grabación).
  • ISWC: El código de la obra musical (la composición).
  • IPI: Tu número de identificación como interesado (creador/editor).
  • UPC: El código de barras del producto o álbum.
  • Código de registro de autenticidad: Este último no te lo da una sociedad de gestión colectiva (que solo se dedican a recaudar), sino una entidad de propiedad intelectual o patentes. En mi caso, utilizo Safe Creative que, aunque es una plataforma de pago, te otorga un número de registro oficial de la melodía. Esto no solo evita posibles plagios, sino que ayuda a monitorizar y controlar por dónde se mueve tu música en el mundo digital.

Toda esta información debe ir incrustada de manera impecable en los metadatos del archivo de audio, que es el auténtico ADN de control de tu obra. Además de los códigos, debes incluir una serie de palabras clave (keywords) y etiquetas descriptivas (tags) que definan el estado de ánimo, los instrumentos, el ritmo y el estilo de la canción para que los supervisores musicales puedan encontrarla en sus motores de búsqueda.

Afortunadamente, hoy en día existen plataformas digitales profesionales como Bridge.audio que nos ayudan a organizar de manera impecable toda esta información para poder compartirla fácilmente con productores musicales, supervisores de música, otros compositores, librerías musicales o productoras de cine.

Tener toda esta arquitectura legal armada es lo que te permite licenciar una canción con total seguridad, garantizando la legalidad para la productora y asegurando que todas las partes cobren los derechos que la música genere en el futuro. Si consigues unificar toda la información de manera que la productora solo tenga que hablar contigo para autorizar tanto los derechos de autor como los derechos del máster, tu fonograma se convierte en un catálogo ONE-STOP.

Este es el término mágico que los supervisores musicales y los productores de Hollywood y de cualquier parte del mundo quieren escuchar. Significa «ventanilla única»: una sola firma, un solo pago y la canción queda libre de derechos para la película. Si logras estructurar tu música bajo este concepto, estarás abriendo la puerta definitiva para que tus melodías viajen por pantallas de todo el planeta. ¡Mucho ánimo con el proceso!

Cómo grabar una obra contemporánea en tiempo récord: Innovación al servicio del cuarteto de cuerda

Introducción

El universo de la música contemporánea exige al intérprete una flexibilidad mental y técnica absoluta. Pero cuando a la complejidad de una partitura de vanguardia se le suma una crisis de personal a las puertas del estudio, el desafío deja de ser puramente musical y se convierte en un problema de pura supervivencia logística. Esta es la historia de cómo logramos grabar Éxodo celeste, tierra negra, de la compositora colombiana Carolina Noguera, en un tiempo récord y sin perder la cordura en el intento.

La obra, un encargo de la plataforma Vector de Ideas, suponía una nueva e importante incursión de Carolina en la literatura para esta formación. Si no me equivoco, la autora contaba ya en su catálogo con cinco cuartetos de cuerda y una pieza de larga duración para la misma plantilla, por lo que esta obra se convertía en su séptimo trabajo en este exigente contexto camerístico.

La tormenta perfecta: Dos meses y un cuarteto por reconstruir

Nuestra idea inicial era abordar la grabación con la formación original del Cuarteto Imprevisto de 2021, la misma plantilla con la que habíamos registrado nuestro primer álbum. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Por razones estrictamente personales, Mariana (segundo violín) y Eva (viola) tuvieron que abandonar el proyecto a las puertas del estudio.

Faltando apenas ocho semanas para la fecha de grabación, me vi en la encrucijada de reconstruir el grupo a contrarreloj. Afortunadamente, logré que Eugenia Jaubert se incorporara al segundo violín y Melchor García asumiera la viola.

La realidad era de un misticismo técnico aterrador: nos quedaban exactamente siete semanas de margen para acoplar el nuevo cuarteto y ensayar no solo la intrincada obra de Carolina Noguera, sino también otras tres piezas de autores canarios que completaban el disco. El ritmo de trabajo iba a ser implacable.

El muro de la música contemporánea y la ausencia de pulso

Quienes hayan trabajado el repertorio contemporáneo, especialmente aquel centrado en la investigación de texturas sonoras y técnicas extendidas, saben que lograr una unidad de concepto tímbrico es una tarea titánica. Y lo es aún más cuando los músicos apenas están empezando a conocerse y a respirar juntos sobre el escenario. A esto se suma la reticencia natural de muchos intérpretes a «meterse en estos fregados musicales», dada la enorme dificultad de coordinar movimientos complejos con la continuidad de la pulsación.

El gran escollo de Éxodo celeste, tierra negra residía, precisamente, en su ritmo:

  • Inicio etéreo: La obra arranca sin ningún tipo de punto de apoyo rítmico tradicional. Es una densidad sonora constante, flotante, sin marcas temporales que definan la velocidad o el tempo de las notas.
  • Diversidad de caracteres: Cuando un cuarteto no ha rodado lo suficiente y sus miembros tienen personalidades métricas distintas, es casi imposible que compartan la misma unidad de tiempo interno. Los cambios constantes de velocidad volvían impracticable la sincronización a través de los métodos de ensayo habituales.

Lo intentamos por la vía tradicional, pero el tiempo se nos diluía entre los dedos y no lográbamos unificar esa visión holística y orgánica que la obra requería. Necesitábamos una solución radical.

El «Hackeo» técnico: Nace la videoclaqueta dirigida

Ante la desesperación, decidí aparcar el arco por unas horas y sentarme frente al ordenador para diseñar una herramienta tecnológica a medida. El proceso fue el siguiente:

  1. Transmisión a partitura digital: Transcribí minuciosamente en Sibelius todos los compases de la obra, respetando cada cambio de tempo y cada mutación rítmica, y lo exporté a formato MIDI.
  2. La guía de voz: Importé ese mapa de tiempo en Logic y me grabé a mí mismo marcando los pulsos y cantando las estructuras en voz alta, emulando el sistema de click con guía de voz que utilizan los baterías de pop o rock en las grandes giras.
  3. El apoyo visual: Para curarme en salud, añadí un sistema de imágenes en pantalla. Cada vez que el compás cambiaba o venía una modulación de tiempo, la pantalla emitía un destello o un cambio drástico de color. Si el oído dudaba, la vista lo confirmaba.

Mientras pulía este sistema, me di cuenta de que un cuarteto siempre funciona mejor bajo el influjo de una dirección física. Así que di el paso definitivo: me grabé en vídeo dirigiendo a la cámara sobre la propia claqueta, señalando las frases y anticipando de viva voz cada transición difícil.

[Sibelius (Mapa de compases)] 
      │
      ▼
[Logic (Midi + Mi voz marcando partes)] 
      │
      ▼
[Edición de Vídeo (Flashes visuales de compás + Yo dirigiendo en pantalla)]
      │
      ▼
[Resultado en Estudio: Músicos con auriculares leyendo la partitura y mirando la Tablet]

El milagro en el estudio: Llegar, dar al REC e interpretar

Llegamos al estudio de grabación una semana después de perfeccionar el invento. Colocamos una pequeña tableta frente a los atriles de los cuatro músicos, les pusimos auriculares individuales y lanzamos el sistema. El único reto técnico restante era puramente acústico: asegurarnos de que el sonido de los auriculares ni mis indicaciones a viva voz se filtraran por los micrófonos de condensador que captaban las cuerdas.

El resultado fue inmediato y mágico: El sistema funcionó a la perfección desde el primer minuto. Lo que antes eran dudas, miradas de desconcierto y desajustes métricos, se convirtió en una ejecución fluida y precisa. Los músicos se sintieron arropados por un director virtual que les marcaba el camino exacto dentro del caos contemporáneo.

Gracias a este esfuerzo de ingeniería casera, en la segunda toma ya teníamos la obra de Carolina Noguera completamente grabada con un ensamblaje perfecto. Hicimos una tercera toma por pura prevención y seguridad, pero el trabajo estaba hecho. Lo mejor de todo fue que el uso de la claqueta tecnológica no restó un ápice de expresividad ni de alma a la interpretación; al contrario, al liberar a los músicos del estrés de contar tiempos ciegos, pudieron concentrarse exclusivamente en el color, la textura y la belleza de la música.

https://open.spotify.com/track/40KQvnkSFpb6dAO1xGmr03?si=rR2toON0QxmK9UHBEGmJjA

Fue un trabajo previo titánico por mi parte, pero mereció la pena cada segundo. Dejo aquí esta anécdota y este método por si en el futuro a algún compañero le toca lidiar con las prisas de la industria y la complejidad de la vanguardia: a veces, la tecnología es el mejor puente hacia la música del mañana.

Cómo hacer tu primer showcase y no morir en el intento: Lecciones de la industria real

Introducción

La primera vez que me enfrenté al formato de un showcase, lo hice con Socos Duo, nuestra formación de violonchelo y marimba. Fue el escenario donde comprendí de golpe, y sin anestesia, una verdad fundamental: la industria musical no está para perder el tiempo.

Si estás pensando en dar el salto a este formato para impulsar tu carrera, quiero ahorrarte algunos dolores de cabeza compartiendo lo que la experiencia (y algún que otro tropiezo) me ha enseñado.

¿Qué es exactamente un showcase? (Y la trampa del tiempo)

Un showcase no es un concierto corto; es una demostración comercial de un máximo de 20 minutos para enseñar lo mejor de tu propuesta artística. Es un escaparate diseñado para que programadores, agencias de booking o mánagers se interesen por tu proyecto.

Por aquel entonces, con Socos Duo estábamos presentando nuestro tercer disco. Teníamos un pequeño problema de perspectiva: nuestro tema más corto duraba nueve minutos.

Cuando tienes 20 minutos totales, debes calcular que necesitas unos 6 minutos de margen para presentarte brevemente, respirar, afinar y absorber los aplausos entre canciones. Nuestro primer gran error fue pecar de optimistas y pensar que podíamos estirar el set hasta los 22 minutos. ¿El resultado? Al cruzar la barrera del minuto 20, la organización simplemente nos aplicó un fade out (nos bajaron el sonido desde la mesa). Nos quedamos con las ganas de escuchar nuestro propio final apoteósico. La industria es implacable con el reloj.

Los pilares técnicos y artísticos para sobrevivir

Para que esos 20 minutos jueguen a tu favor y no en tu contra, hay dos aspectos que debes dominar a la perfección:

  • Un Rider Técnico impecable: Tu rider debe estar perfectamente cerrado y claro para que la prueba de sonido —que suele ser exprés— vaya sobre ruedas. Una mala prueba genera desconfianza en los programadores. Da igual lo mucho que intentes justificarte o explicar lo bueno que eres después del concierto; si el sonido falla, la impresión se desvanece.
  • Impacto sin filtros: No te cortes lo más mínimo. A veces pecamos de reservados pensando en «si gustaremos o no», pero la realidad es que debes ofrecer algo especial, magnético e impactante. Los programadores ven decenas de propuestas al día; si no dejas una huella profunda, caerás irremediablemente en el olvido.

La estrategia de los mercados: El «ADN» musical

No te limites a jugar todas tus cartas a un solo showcase. Hay que rodar y presentarse a tantos como sea posible. Cada mercado musical tiene su propio ADN y atrae a un perfil de programador muy específico.

Están los profesionales que viajan por todos los festivales del circuito, y están los que están firmemente afincados en su región o mercado local y solo te verán si acudes a su terreno. Cuanto más practiques el arte de condensar tu talento en poco tiempo, mejor te saldrá. Además, la persistencia tiene premio: un programador que te vio hace un año puede volver a escucharte hoy, entender mejor tu evolución artística y decidir, finalmente, contratarte.

La realidad de la industria: Los mercados musicales están diseñados por y para el negocio. Buscan proyectos que no solo sean artísticamente viables, sino también logísticamente viables y fáciles de programar dentro de un festival.

Una formación sobredimensionada, o un grupo con un rider y un set de instrumentos extremadamente complejos de trasladar y localizar, tendrá siempre muchas menos probabilidades de ser seleccionado que un proyecto con necesidades estándar y ágiles.

El test de estrés: ¿Estás realmente preparado?

Antes de subirte al escenario de un showcase, es vital que la formación se mire a los ojos y responda a una pregunta incómoda: ¿Estamos dispuestos a irnos de gira un mes o dos enteros sin pasar por casa?

He visto casos en los que, tras conseguir el éxito y los contratos en un mercado musical, el proyecto se ha desmoronado porque los músicos, por razones personales, laborales o familiares, no podían asumir la realidad de la carretera.

El equilibrio de las dinámicas de grupo

Es crucial definir con total honestidad qué tipo de proyecto lideras:

  1. ¿Es una banda pura? Donde todos dependen de todos y la identidad es indivisible. En este caso, la ecuación es clara: van todos a una.
  2. ¿Es un artista principal con músicos de acompañamiento? Si es tu caso, hay que armarse de humildad y pragmatismo. Hay que asumir que el artista principal puede y debe moverse con otros músicos si las circunstancias lo requieren. Ofrecer esa flexibilidad y dejar claro en las reuniones posteriores que el formato puede adaptarse es una llave que abre muchísimas puertas.

Constancia y el valor de las relaciones personales

El éxito en este entorno no es una cuestión de suerte, sino de constancia y relaciones humanas. Aceptar esto puede ser duro, pero el contacto personal con los programadores es lo que marca la diferencia. Bajarse del escenario, ir a la zona de networking y entablar una conversación real es parte del trabajo. Y un último consejo de oro: hablar idiomas. Saber defender tu proyecto en inglés o en otras lenguas sigue siendo, a día de hoy, la herramienta definitiva para derribar fronteras.

La vez que más notas he fallado y lo que pude aprender de la experiencia

Introducción

En la vida de un músico hay noches de gloria y noches en las que desearías que el escenario se abriera y te tragara. Esta es la crónica de una de esas últimas. Fue la primera y, paradójicamente, la última vez que tocamos con el Alexis Alonso Quartet para la televisión. Una velada que prometía ser la consagración de nuestro trabajo, pero que terminó convirtiéndose en la actuación en la que más notas he fallado en toda mi vida. Sin embargo, con el paso del tiempo, ha resultado ser una de las experiencias que más me ha enseñado.

Todo ocurrió durante la gala de entrega de los Premios Canarios de la Música, si la memoria no me falla, en su tercera edición. Nuestro grupo optaba al premio a «Mejor Disco de Jazz del Año» y, como nominados, recibimos la invitación para interpretar uno de nuestros temas en directo.

El preludio de la tormenta

El evento se celebraba en el majestuoso Teatro Leal, un lugar que custodia un piano acústico formidable. Sin embargo, las imposiciones técnicas empezaron pronto. Horas antes de la gala, Radiotelevisión Canaria nos citó para una supuesta prueba de sonido. Digo «supuesta» porque, como suele ocurrir en estos macroeventos televisivos, fue una prueba exclusivamente para la emisión y no para los músicos. No nos sentimos a gusto en ningún momento, la escucha entre compañeros era deficiente y, para colmo, la cadena obligó a Alexis a utilizar un teclado electrónico en lugar del imponente piano del teatro, simplemente para evitarse complicaciones de microfonía.

Ya por la noche, esperamos sentados entre el público el veredicto de nuestra categoría. El premio, muy merecidamente, se lo llevó el primer álbum de Simbeque. No hubo tiempo para lamentos; justo después de escuchar el fallo, nos tocaba correr entre bambalinas para prepararnos.

El ritmo del backstage era frenético. Entre actuación y actuación, el humorista Darío, de Palante Producciones, amenizaba la entrega de premios. Justo antes de que fuera nuestro turno, actuó una cantante acompañada por su pianista. Nosotros esperábamos en la sombra, sintiendo la presión de los minutos contados.

El caos en directo y el misterio de la afinación

Nos empujaron al escenario entre prisas, chillidos de los regidores y la urgencia implacable de la televisión. Como violonchelista, no tuve ni un mísero segundo para comprobar si mi instrumento seguía bien afinado. Me encomendé al destino, dando por hecho que la madera no habría sufrido grandes variaciones y que el teclado electrónico de Alexis nos daría ese «La a 440 Hz» perfecto e inamovible.

El tema elegido para esa noche era «Nights», una pieza que habitualmente rozaba los diez minutos de duración. Era una de nuestras composiciones más sentidas y con mayor margen para la improvisación; tenía un flow y una carga emocional que siempre impactaba al público.

La obra arranca con un ostinato del piano. Desde el segundo uno en que pasé el arco sobre las cuerdas, el terror se apoderó de mí: mi afinación no casaba en absoluto con la del piano.

A la disonancia insoportable que yo mismo estaba generando se sumó el hecho de que no lograba escuchar por monitores a Agustín Buenafuente, nuestro contrabajista. Roberto Amor a la batería hacía lo imposible por mantener a la banda unida a través del ritmo, mientras Alexis esperaba pacientemente a que yo entrara con la melodía principal para empezar a desarrollar las variaciones.

El tema comenzaba en Do menor y, a la mitad, modulaba a La menor. El problema era que yo no conseguía empezar. No encontraba las notas. Todo sonaba horriblemente desafinado y, en pleno pánico escénico, le eché la culpa a mi violonchelo, convencido de que se había bajado la afinación.

Pasaron cerca de tres eternos minutos en los que todo el mundo esperaba el tema principal. Al ver que yo no arrancaba, Alexis tomó la decisión de modular directamente. Fue en ese preciso instante de la modulación cuando se hizo la luz en mi cabeza: mi violonchelo sí estaba bien afinado. Estaba perfecto. Entonces… ¿qué demonios estaba pasando?

Un desenlace abrupto y una revelación indignante

Ante la urgencia, decidí lanzarme al vacío. Entré justo en ese momento, improvisando y buscando a tientas notas que encajaran más o menos con la armonía que sonaba. La energía del grupo se había fracturado por completo. Roberto, confundido, vio cómo el solemne inicio de Nights se había convertido en un borrón incomprensible. Alexis intentó encauzar el desastre improvisando, pero cuando llegó el momento de volver a la melodía para cerrar el tema, fue imposible. Esa melodía era mía, yo debía tocarla. Sin saber qué hacer, Alexis cerró la actuación de una manera tosca y abrupta.

Toda mi intervención consistió en errar notas, buscar desesperadamente la armonía correcta y sudar frío delante de la industria musical canaria en pleno.

Fue justo al final cuando descubrí la amarga verdad: el teclado estaba transpuesto un tono por debajo de su afinación real.

Durante los primeros minutos, intenté hacerle señales visuales a Alexis para que parara la actuación, para evidenciar que había un error técnico grave, pero él, quizás por la presión, se limitó a continuar tocando para las cámaras.

Nos bajamos del escenario envueltos en una nube de decepción, desconcierto y furia. Roberto salió por la puerta trasera del teatro sin mirar atrás, cabreadísimo. Agustín y yo nos fuimos a Santa Cruz con el alma a los pies. Fue en el coche, bajando hacia su casa, donde atamos cabos y resolvimos el misterio: el pianista del dúo que actuó justo antes que nosotros había bajado la transposición del teclado un tono para adaptar las canciones a la tesitura de su cantante… y lo dejó así.

Lo que me enseñó el desastre

Mi cabreo inicial fue monumental. Me enfadé con Alexis por no darse cuenta o no querer parar; me enfadé con el pianista anterior por su descuido, y me enfadé con la vida por hacernos desaprovechar un escaparate tan inmenso. Tardé semanas en recomponerme de aquel golpe. Sin embargo, con el paso de los años, aquel desastre se convirtió en una de mis mayores fuentes de aprendizaje. De aquella noche aciaga extraje lecciones vitales:

  1. Las prisas son el enemigo del arte. Si en una producción televisiva o en un evento notas que las prisas están atropellando el sentido común, tienes que saber parar. Si necesitas tu tiempo para afinar o comprobar el equipo, exígelo. Y si las condiciones no son dignas, a veces es mejor bajarse del barco. No se debe hacer servidumbre con la música.
  2. No se le pueden pedir peras al olmo. Comprendí que cada músico, incluyéndome a mí y a mis compañeros, tiene sus propias virtudes y sus propios defectos. En situaciones de estrés extremo, no todos reaccionamos con la perfección y claridad mental que a uno le gustaría exigir.
  3. La humildad como escudo. Un desastre solo es tan destructivo como tú permitas que lo sea. Aprender a relativizar los errores y tomarse los tropiezos con humildad es esencial para sobrevivir en esta profesión.
  4. La pausa antes de la tormenta. Aprendí a reflexionar antes de hablar y, lo que es aún más importante, a darme un espacio antes de dejarme llevar por los sentimientos de ira o frustración.

Aquel día fallé más notas que nunca, sí. Pero las lecciones que aprendí resonarán en mí mucho más tiempo que los aplausos que no recibimos aquella noche.

Cómo organizar un concierto para la Casa Real: Crónica de una noche inolvidable en La Laguna

Introducción

Producir un evento musical de alta envergadura es siempre un desafío, pero cuando se conjugan la historia, la fe, la televisión nacional y la presencia de la realeza, el reto se transforma en una obra de artesanía pura. Hoy quiero inaugurar este blog compartiendo con ustedes los entresijos, los desvelos y la inmensa satisfacción de un proyecto que marcó un hito en mi carrera como coordinador y músico: el concierto para la Reina Emérita Doña Sofía en la Catedral de San Cristóbal de La Laguna.

Todo comenzó en marzo de 2024. El Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna se puso en contacto conmigo con una encomienda de altísima responsabilidad. Se conmemoraban los 30 años de la ciudad como Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco, y el broche de oro sería un concierto sacro dentro de la imponente catedral de la ciudad, presidido por Su Majestad.

La premisa era clara: el repertorio debía poseer un profundo carácter sacro, solemne y respetuoso con el espacio, pero al mismo tiempo debía ser vibrante, emotivo y capaz de erizar la piel. Para lograrlo, contábamos con dos de las voces más importantes y prestigiosas de la lírica actual: el tenor Airam Hernández y la soprano Raquel Lojendio.

El alma del concierto: La filigrana del repertorio

Mi primera gran labor como coordinador fue dar forma a la materia prima: la música. Diseñar un repertorio para artistas de la talla de Raquel y Airam requiere un diálogo constante. Me sumergí en conversaciones profundas con ambos, buscando un equilibrio perfecto entre sus extraordinarias capacidades vocales, las exigencias del espacio sacro y la narrativa emocional que queríamos transmitir.

No buscábamos una sucesión fría de piezas religiosas; queríamos trazar una línea discursiva que conmoviera a la Reina y a todos los asistentes. Tras afinar ideas y consensuar propuestas, logramos dar con esa línea perfecta que unía la solemnidad litúrgica con la pasión interpretativa.

De lo sinfónico a la intimidad: El reto de los arreglos musicales

Originalmente, una cita de este calibre sugería el despliegue de una orquesta, pero las necesidades del Ayuntamiento y del espacio nos redirigieron hacia un formato mucho más íntimo y orgánico: un quinteto con piano (piano y cuarteto de cuerda).

Esto supuso que, antes de que el primer instrumento empezara a sonar en los ensayos, tuve que enfrentarme a decenas de horas de trabajo en el escritorio, adaptando y arreglando las partituras:

  • Reducciones sinfónicas: Muchas de las grandes obras elegidas tenían un origen puramente sinfónico. Tuve que destilar la esencia de toda una orquesta para que cupiera en las teclas del piano y el arco de cuatro cuerdas, sin perder un ápice de su grandeza.
  • Enriquecimiento tímbrico: En otras piezas, tomé la reducción de piano ya existente y la «engrandecí», vistiendo y adornando la armonía a través de la sección de cuerda.
  • Formato de cuarteto puro: Para ciertas obras, opté por adaptaciones exclusivas para cuarteto de cuerda.

El objetivo de esta artesanía musical: Crear un contraste constante de colores, texturas y dinámicas a lo largo del concierto. Quería evitar la monotonía; cada pieza debía sorprender por su tímbrica particular, haciendo el evento fluido, ameno y sumamente rico al oído.

Tras este maratón de arreglos, llegó el momento de la verdad. Convocamos a los músicos para los primeros ensayos. Decidimos trabajar primero la pura base instrumental antes de encontrarnos con los cantantes. Aunque siempre surgen pequeños ajustes de última hora sobre el papel, el esfuerzo dio sus frutos: el resultado técnico y musical fue óptimo.

El protocolo de la Casa Real y la precisión de RTVE

Quienes ven un concierto desde la butaca o la pantalla pocas veces imaginan el engranaje invisible que se mueve detrás. Al tratarse de una visita real y de una efeméride de la Unesco, la logística y el protocolo adquirieron una dimensión milimétrica.

Coordinar la escaleta del evento implicó múltiples reuniones con operarios, técnicos y el personal técnico del Ayuntamiento. Sin embargo, el nivel de exigencia subió un peldaño más con la entrada de Radiotelevisión Española (RTVE), que retransmitiría el concierto posteriormente. El equipo de televisión necesitaba conocer con exactitud la colocación de cada músico, el tipo de atriles (para evitar reflejos en las cámaras) y los ángulos visuales para garantizar una realización impecable.

[Altar de la Catedral]
      |
      +--> [Zona de Seguridad de la Reina Sofía] (Distancia obligatoria)
      |
      +--> [Nueva Posición del Quinteto] (Desplazado lateralmente)

Seguridad y etiqueta en la zona real

El momento de mayor tensión logística llegó con la llamada del Jefe de Seguridad de la Casa Real. Su misión era evaluar los riesgos y medir los espacios en el plano de la catedral.

Por cuestiones estrictas de protocolo y seguridad, determinaron que los músicos no podíamos estar demasiado cerca de la Reina Emérita. Esto nos obligó a replantear la escenografía original sobre la marcha, rodando y desplazando la ubicación del quinteto hacia un lateral del espacio asignado, garantizando la distancia reglamentaria sin perder acústica.

Además, la maquinaria de seguridad exigió:

  • Acreditación nominal previa de cada uno de los músicos y técnicos del equipo.
  • Horarios de acceso y encuentro estrictos, donde el más mínimo retraso podía comprometer la entrada al recinto.
  • Un riguroso código de vestimenta que respetase el decoro del templo y la solemnidad del acto frente a la Corona.

El broche de oro: El encuentro con Doña Sofía

Cuando las luces de la catedral se encendieron y las últimas notas sacras dejaron de resonar en la bóveda, supimos que habíamos logrado algo grande. La maquinaria había funcionado a la perfección. Pero la mayor sorpresa del proyecto nos aguardaba al final.

Se nos había notificado previamente que, tras el concierto, los músicos no debíamos retirarnos de inmediato. Su Majestad la Reina Sofía quería saludarnos personalmente.

Aquellos minutos de encuentro privado fueron, además de un honor, un momento de un valor profesional incalculable. Lejos del frío protocolo formal, descubrimos a una mujer sumamente grata, cercana y poseedora de una sensibilidad artística desbordante. Es bien conocida su faceta como una de las grandes conocedoras y melómanas de la música clásica dentro de la realeza europea, y sus comentarios técnicos e impresiones sobre el repertorio y las adaptaciones que habíamos preparado nos demostraron que escuchó cada nota con absoluta atención.

Organizar este concierto no solo fue un ejercicio de resistencia musical y logística; fue la confirmación de que, cuando se cuida cada detalle con pasión, la música es capaz de elevarse hasta los escenarios más exigentes del mundo.

Músicos:
Julia Nikoliszak, violin. Eugenia Jaubert, violin. Alba Gorrea, viola. Ciro Hernández, violonchelo. Emiko Morimoto, piano.
Adaptación y arreglos: Ciro Hernández