El error, la factura y el laberinto fiscal del músico
En el mundo de la música, especialmente dentro del ámbito de la música clásica, vivimos sumergidos desde que empezamos los estudios en una burbuja absorbente. El instrumento exige tanto que, para alcanzar el máximo nivel técnico e interpretativo, tienes que entregarle todo tu tiempo y toda tu alma. Sin embargo, esta entrega absoluta tiene un precio colateral: dejamos completamente de lado la educación financiera. Pasan los años, nos hacemos adultos y seguimos siendo analfabetos en lo que respecta a la economía del músico.
Es curioso, porque en otros estilos musicales parece que se aprende un poco antes a manejar el dinero, tal vez porque se mueven en otro nivel económico o porque acostumbran a cobrar pequeñas cantidades de forma más dinámica. En la música en general, sigue habiendo demasiada gente que se aprovecha, que explota o que regatea el caché del artista sin pensarlo dos veces. Y lo peor es que hay muchos músicos que se dejan explotar porque su única meta es subirse al escenario, sin mirar las condiciones. Es por esto que, todavía hoy, arrastramos ese mal endémico del arte: grandes músicos que mueren sin tener un fondo ni para pagar su propio entierro. Es una realidad trágica que se sigue repitiendo.
Mi primer «sobre» a los 16 años
Sin irme por las ramas, quiero contarles cómo fue mi bautismo en este mundo. Cuando tenía 16 años, me llamaron para grabar un spot publicitario y tuve que hacer mi primera factura. Yo no tenía ni la más remota idea de cómo se hacía aquello. Se lo confesé abiertamente a la persona que me iba a pagar, quien me explicó de forma muy banal lo que debía poner: el concepto, la cantidad, mi nombre, apellidos, dirección y número de cuenta. Lo firmé, me pagaron ese dinero en mano y me fui a casa tan feliz.
No tenía idea de que las cosas no se hacían así. De hecho, la gran mayoría de los conciertos que realicé entre los 14 y los 20 años los cobré en negro. Era lo habitual de la época: te daban un sobrecito al bajar del escenario o te pagaban directamente en mano. Gracias a ese dinero en efectivo pude sufragar mis estudios y, tras años de hormiguita y ahorro constante, logré comprarme mi primer violonchelo profesional (aunque debo destacar que gran parte de la inversión se la debí a una beca del Estado que me concedieron).
El error del romanticismo: Pensar que la música se alimenta solo del alma es un error romántico que se paga caro en la adultez. El dinero en mano ayuda al principio, pero te deja totalmente desprotegido ante el futuro.
Hacienda somos todos
Por suerte, las cosas han cambiado radicalmente. Hoy en día el sistema se ha vuelto mucho más estricto y transparente. Se nos exige estar dados de alta en la Seguridad Social cada vez que nos subimos a un escenario y declarar cada céntimo que ganamos. Si no te lo exige la ley directamente a ti, se lo exigen a la empresa o ayuntamiento que te va a contratar.
Sé que muchos compañeros han visto este cambio como algo molesto o negativo, pero yo lo considero sumamente positivo. Hacienda somos todos. Todos queremos hospitales públicos de calidad, carreteras seguras, educación y servicios sociales eficientes. Para que eso exista, es obligatorio que aportemos nuestro granito de arena, uno a uno, de manera legal.
El verdadero hándicap aparece cuando terminas la carrera superior. Te dan un título, eres un virtuoso de tu instrumento, pero sales a la calle y no sabes rellenar una factura física. No sabes cuánto dinero puedes facturar al año por tu cuenta sin ser autónomo, ni en qué momento exacto debes empezar a declarar el IVA o el IRPF. En ese peligroso gris legal se mueve la gran mayoría de los músicos jóvenes, hasta que empiezan a facturar cantidades serias o consiguen su primera nómina. Y ahí viene otro dilema: aprender a equilibrar lo que cobras por cuenta ajena con lo que debes declarar por tu cuenta en la factura.
La fiscalidad internacional y el mito de los solistas eternos
Este problema no es exclusivo de nuestro entorno; pasa sinceramente en todos los países del mundo. He conocido a grandísimos profesionales de la música que viven al día, con lo justo, y que no tienen ni la menor idea de cómo funciona la fiscalidad porque carecen de un techo de gasto. Mientras son jóvenes, la música les llena, pero cuando la familia crece y las responsabilidades aumentan, te ves obligado a conocer las normas del juego para poder trabajar con ellas.
La cosa se complica aún más cuando cruzas fronteras. Tienes la suerte de que te contraten en un país extranjero y aterras sin saber qué retenciones te van a aplicar. Cada país tiene unos porcentajes de impuestos específicos dependiendo de si eres residente, comunitario o extracomunitario. Las transacciones internacionales tienen reglas muy particulares y descuidarlas puede costarte un disgusto económico.
- ¿Por qué los grandes solistas nunca se jubilan? Muchas veces vemos a leyendas de la música que siguen en los escenarios con ochenta años. Tendemos a pensar que lo hacen por puro amor al arte, pero la cruda realidad en muchos casos es que nunca desarrollaron un plan de jubilación. No pagaron los impuestos correspondientes, no cotizaron para tener derecho a una pensión digna o pensaban que tenían buenos ahorros y vieron cómo el dinero volaba de sus manos debido a malas gestiones fiscales.
Pierde el miedo y busca ayuda
La verdad sobre cómo fiscalizar el dinero dentro de la música es algo que nadie te cuenta en el conservatorio. Cada concierto fuera de tu país y cada actuación con músicos extranjeros implica enfrentarse a un sistema fiscal distinto, nuevo y particular.
Por eso, mi consejo de oro para cualquiera que esté empezando a cobrar por su arte es muy simple: invierte un poco de dinero en un buen asesor fiscal. No le tengas miedo al desconocimiento. Paga una consulta, siéntate con un profesional y pídele que te explique todo de arriba abajo, desde cómo emitir una factura legal en tu país hasta cómo declarar tus ingresos internacionales. Gastar tiempo y recursos en entender el sistema del lugar donde resides es tan vital para tu carrera como afinar el instrumento.
Aprender a gestionar tu economía no te hace menos artista; te hace un profesional libre, dueño de su futuro y de su jubilación. ¡Como siempre, mucho ánimo!