«AirPort»: Mi experiencia grabando en Corea del Sur y el arte de la precisión oriental

El año pasado, en 2025, la música me regaló una de las aventuras más fascinantes de mi vida. Con Socos Duo tuvimos la oportunidad de embarcarnos en una gira por Corea del Sur. Todo esto fue posible gracias a la impecable gestión de la productora y mánager Lora Minkyoung, quien organizó una serie de conciertos que nos llevaron a sumergirnos de lleno en el vibrante panorama musical surcoreano.

Nuestra ruta incluyó ciudades como Seúl, Damyang y Daejeon. En esta última tuvimos el honor de actuar en su prestigioso festival de músicas del mundo, uno de los más importantes del país. Fue un despliegue descomunal de actividades, escenarios y conciertos, pero la experiencia no iba a limitarse a la maravillosa energía de tocar en vivo y recibir el cálido aplauso del público coreano. Lora vio una oportunidad única: dejar un registro grabado de nuestra música colaborando con una de las formaciones que ella misma produce en Seúl: el YL Trio.

Este trío cuenta con uno de los pianistas más influyentes y respetados del panorama del jazz en Corea, el maestro de maestros Yang Jun Ho, un músico de un gusto excepcional y único, maravillosamente acompañado al bajo por Sang Lee, otro auténtico fenómeno musical.

Emu Sound

Cuando nos pusimos en camino al estudio de grabación, César y yo pensábamos que sería un encuentro informal entre amigos, casi por pasar el rato y compartir sinergias. Estábamos muy equivocados; aquello fue una experiencia religiosa de la producción musical.

El lugar elegido fue Emu Sound, que opera tanto como estudio de última generación como sello discográfico. Por fuera parecía la entrada al hall de un edificio residencial cualquiera, pero al bajar el primer piso me quedé con la boca abierta. Entrabas en una especie de laberinto impecable lleno de salas de grabación. Eso sí, la primera regla antes de cruzar el umbral era el respeto a sus costumbres: tenías que quitarte los zapatos, quedarte en calcetines y ponerte unas cholas de cortesía que ellos mismos te ofrecían.

Toda la jornada estuvo marcada por un respeto reverencial y un trato exquisito. No hubo un solo grito, ni una mala cara, ni una pizca de la estridencia que a veces se vive en los estudios occidentales. El pasillo distribuía salas de edición, cabinas de calentamiento, salas específicas para voces y, al final del todo, la gran sala principal que albergaba un imponente piano de cola.

Una ingeniería de grabación milimétrica

La idea del proyecto era sumamente ambiciosa: grabar todos a la vez, en riguroso directo. Para lograrlo sin que los instrumentos se contaminaran entre sí, el despliegue técnico fue fascinante:

  • Distribución de salas: La batería estaba aislada en una habitación contigua. Yo me ubiqué en otra sala adyacente para aislar el sonido de mi violonchelo, mientras que César y su marimba se colocaron junto a la sala del piano, pero estratégicamente separados.
  • Contacto visual total: A pesar de estar en salas divididas, una enorme y limpísima cristalera cruzaba las habitaciones, permitiéndonos mantener el contacto visual y la comunicación no verbal en todo momento.
  • La sala de control: Detrás de los cristales se encontraba una cabina con un sofá enorme para descansar. Me llamó mucho la atención que el ingeniero de sonido nunca miraba hacia nosotros; todo su equipo estaba orientado hacia otra pared donde recibía el audio a través de monitores de referencia y controlaba los parámetros en múltiples pantallas. Justo detrás, el productor musical seguía la sesión con la partitura en mano, haciendo anotaciones en tiempo real para mejorar cada toma de inmediato en otra mesa.

Por si fuera poco, la producción contrató a un equipo de fotografía y vídeo que estuvo registrando cada segundo de manera muy simpática y respetuosa para dar vida a un videoclip y a un making of.

Nos colocamos en nuestros puestos y lanzamos las primeras tomas para registrar la estructura general del tema, dejando los espacios limpios para los solos, que grabaríamos a posteriori para poder seleccionar las mejores ideas artísticas.

Primero grabó César su solo de marimba y luego llegó mi turno. Lo recuerdo como un momento de absoluta lucidez y felicidad. Estaba muy inspirado; mientras escuchaba por los auriculares el tema —una composición que nunca antes habíamos tocado juntos con la banda coreana— las ideas musicales fluían solas.

Una anécdota entrañable: Mientras grababa mi solo concentrado con los auriculares puestos, los micrófonos de ambiente de la sala de control se quedaron abiertos. Pude escuchar nítidamente las exclamaciones de admiración y los «¡Oh!» del maestro Yang Jun Ho ante las frases que yo iba dibujando con el arco. Saber que un músico de su calibre estaba disfrutando así con mi interpretación me insufló una energía tremenda.

Aunque la segunda toma ya nos había dejado plenamente satisfechos, la producción nos pidió una tercera por pura seguridad. Fue en esa última oportunidad donde emergió un solo precioso, orgánico y vibrante, que es el que finalmente quedó editado en el máster.

La jornada se extendió por más de nueve intensas horas. Tuvimos tiempo de escuchar los solos de piano y bajo, y compartimos el almuerzo en una pequeña salita del estudio, sentados todos juntos en el suelo. Fue como comer en familia, en un ambiente de una calidez humana inolvidable.

Más allá de la hospitalidad, lo que más me impactó de la cultura de trabajo coreana fue la obsesión por la excelencia técnica. Las salas estaban impolutas, diáfanas y perfectamente iluminadas. Durante los descansos, los técnicos entraban a la sala con cintas métricas para medir milimétricamente la distancia de los micrófonos respecto a los instrumentos, asegurándose de que la colocación fuera matemáticamente perfecta en cada sesión.

El resultado de este bellísimo choque cultural es «AirPort». Si acuden a sus plataformas digitales favoritas y buscan este tema bajo el nombre de Socos Duo, podrán apreciar el mimo, la precisión y el alma que dejamos impregnados en las paredes de aquel estudio subterráneo de Seúl. Una experiencia feliz que se queda grabada en mi memoria para siempre.

Cómo grabar una obra contemporánea en tiempo récord: Innovación al servicio del cuarteto de cuerda

Introducción

El universo de la música contemporánea exige al intérprete una flexibilidad mental y técnica absoluta. Pero cuando a la complejidad de una partitura de vanguardia se le suma una crisis de personal a las puertas del estudio, el desafío deja de ser puramente musical y se convierte en un problema de pura supervivencia logística. Esta es la historia de cómo logramos grabar Éxodo celeste, tierra negra, de la compositora colombiana Carolina Noguera, en un tiempo récord y sin perder la cordura en el intento.

La obra, un encargo de la plataforma Vector de Ideas, suponía una nueva e importante incursión de Carolina en la literatura para esta formación. Si no me equivoco, la autora contaba ya en su catálogo con cinco cuartetos de cuerda y una pieza de larga duración para la misma plantilla, por lo que esta obra se convertía en su séptimo trabajo en este exigente contexto camerístico.

La tormenta perfecta: Dos meses y un cuarteto por reconstruir

Nuestra idea inicial era abordar la grabación con la formación original del Cuarteto Imprevisto de 2021, la misma plantilla con la que habíamos registrado nuestro primer álbum. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Por razones estrictamente personales, Mariana (segundo violín) y Eva (viola) tuvieron que abandonar el proyecto a las puertas del estudio.

Faltando apenas ocho semanas para la fecha de grabación, me vi en la encrucijada de reconstruir el grupo a contrarreloj. Afortunadamente, logré que Eugenia Jaubert se incorporara al segundo violín y Melchor García asumiera la viola.

La realidad era de un misticismo técnico aterrador: nos quedaban exactamente siete semanas de margen para acoplar el nuevo cuarteto y ensayar no solo la intrincada obra de Carolina Noguera, sino también otras tres piezas de autores canarios que completaban el disco. El ritmo de trabajo iba a ser implacable.

El muro de la música contemporánea y la ausencia de pulso

Quienes hayan trabajado el repertorio contemporáneo, especialmente aquel centrado en la investigación de texturas sonoras y técnicas extendidas, saben que lograr una unidad de concepto tímbrico es una tarea titánica. Y lo es aún más cuando los músicos apenas están empezando a conocerse y a respirar juntos sobre el escenario. A esto se suma la reticencia natural de muchos intérpretes a «meterse en estos fregados musicales», dada la enorme dificultad de coordinar movimientos complejos con la continuidad de la pulsación.

El gran escollo de Éxodo celeste, tierra negra residía, precisamente, en su ritmo:

  • Inicio etéreo: La obra arranca sin ningún tipo de punto de apoyo rítmico tradicional. Es una densidad sonora constante, flotante, sin marcas temporales que definan la velocidad o el tempo de las notas.
  • Diversidad de caracteres: Cuando un cuarteto no ha rodado lo suficiente y sus miembros tienen personalidades métricas distintas, es casi imposible que compartan la misma unidad de tiempo interno. Los cambios constantes de velocidad volvían impracticable la sincronización a través de los métodos de ensayo habituales.

Lo intentamos por la vía tradicional, pero el tiempo se nos diluía entre los dedos y no lográbamos unificar esa visión holística y orgánica que la obra requería. Necesitábamos una solución radical.

El «Hackeo» técnico: Nace la videoclaqueta dirigida

Ante la desesperación, decidí aparcar el arco por unas horas y sentarme frente al ordenador para diseñar una herramienta tecnológica a medida. El proceso fue el siguiente:

  1. Transmisión a partitura digital: Transcribí minuciosamente en Sibelius todos los compases de la obra, respetando cada cambio de tempo y cada mutación rítmica, y lo exporté a formato MIDI.
  2. La guía de voz: Importé ese mapa de tiempo en Logic y me grabé a mí mismo marcando los pulsos y cantando las estructuras en voz alta, emulando el sistema de click con guía de voz que utilizan los baterías de pop o rock en las grandes giras.
  3. El apoyo visual: Para curarme en salud, añadí un sistema de imágenes en pantalla. Cada vez que el compás cambiaba o venía una modulación de tiempo, la pantalla emitía un destello o un cambio drástico de color. Si el oído dudaba, la vista lo confirmaba.

Mientras pulía este sistema, me di cuenta de que un cuarteto siempre funciona mejor bajo el influjo de una dirección física. Así que di el paso definitivo: me grabé en vídeo dirigiendo a la cámara sobre la propia claqueta, señalando las frases y anticipando de viva voz cada transición difícil.

[Sibelius (Mapa de compases)] 
      │
      ▼
[Logic (Midi + Mi voz marcando partes)] 
      │
      ▼
[Edición de Vídeo (Flashes visuales de compás + Yo dirigiendo en pantalla)]
      │
      ▼
[Resultado en Estudio: Músicos con auriculares leyendo la partitura y mirando la Tablet]

El milagro en el estudio: Llegar, dar al REC e interpretar

Llegamos al estudio de grabación una semana después de perfeccionar el invento. Colocamos una pequeña tableta frente a los atriles de los cuatro músicos, les pusimos auriculares individuales y lanzamos el sistema. El único reto técnico restante era puramente acústico: asegurarnos de que el sonido de los auriculares ni mis indicaciones a viva voz se filtraran por los micrófonos de condensador que captaban las cuerdas.

El resultado fue inmediato y mágico: El sistema funcionó a la perfección desde el primer minuto. Lo que antes eran dudas, miradas de desconcierto y desajustes métricos, se convirtió en una ejecución fluida y precisa. Los músicos se sintieron arropados por un director virtual que les marcaba el camino exacto dentro del caos contemporáneo.

Gracias a este esfuerzo de ingeniería casera, en la segunda toma ya teníamos la obra de Carolina Noguera completamente grabada con un ensamblaje perfecto. Hicimos una tercera toma por pura prevención y seguridad, pero el trabajo estaba hecho. Lo mejor de todo fue que el uso de la claqueta tecnológica no restó un ápice de expresividad ni de alma a la interpretación; al contrario, al liberar a los músicos del estrés de contar tiempos ciegos, pudieron concentrarse exclusivamente en el color, la textura y la belleza de la música.

https://open.spotify.com/track/40KQvnkSFpb6dAO1xGmr03?si=rR2toON0QxmK9UHBEGmJjA

Fue un trabajo previo titánico por mi parte, pero mereció la pena cada segundo. Dejo aquí esta anécdota y este método por si en el futuro a algún compañero le toca lidiar con las prisas de la industria y la complejidad de la vanguardia: a veces, la tecnología es el mejor puente hacia la música del mañana.

Mi experiencia grabando la banda sonora de «Dos»: El violonchelo como leitmotiv del suspense

Introducción

En el año 2021, el reconocido compositor Diego Navarro me brindó una de las oportunidades más desafiantes y gratificantes de mi carrera: poner la voz de mi violonchelo al tema principal de Dos, una película dirigida por Mar Targarona. La cinta es un largometraje español que juega magistralmente con el suspense y el terror psicológico, envolviendo al espectador en una historia tan rocambolesca como apasionante.

Hasta ese momento, mi experiencia en el mundo del cine se había desarrollado desde otra perspectiva. Había grabado en repetidas ocasiones como violonchelo tutti integrado en el corazón de una orquesta sinfónica y, a nivel más individual, había puesto música a algunos cortometrajes durante la etapa en la que viví en Francia. Sin embargo, nunca antes había sido el sonido principal, el auténtico leitmotiv de un largometraje de estas características.

Diego Navarro tenía una visión muy clara: quería aprovechar la profunda melancolía y la calidez orgánica del violonchelo para conducir la trágica emoción que se escondía detrás de la trama.

Una tarde de martes en Santa Cruz: Oscuridad y precisión

Si la memoria no me falla, fue una tarde de martes cuando nos encerramos en su estudio de Santa Cruz para dar vida a la partitura. El objetivo no era solo registrar el tema principal, sino también dar cuerpo a diferentes pasajes y tracks que necesitaban desesperadamente la oscuridad, el peso y la tensión que solo los sonidos graves del violonchelo pueden otorgar.

Fue un proceso verdaderamente hermoso, pero también exigente. En el estudio no hay lugar para el azar. Tuvimos que repetir numerosas tomas, puliendo cada arco, cada vibrato y cada silencio, hasta alcanzar el nivel expresivo exacto que la narrativa visual requería. Al final de la jornada, ambos supimos que habíamos logrado un resultado óptimo.

De hecho, siempre lo comento de broma, pero la posterior ecualización y mezcla que realizó Diego fue tan brillante que logró que mi violonchelo sonara con la majestuosidad del mismísimo Stradivarius de Yo-Yo Ma. O, al menos, ese es el maravilloso regalo que a mí me parece escuchar cada vez que vuelvo a reproducir la pista.

Grabar: El espejo inquebrantable del músico

Ponerse delante de un micrófono de alta sensibilidad en un estudio es, probablemente, el ejercicio de honestidad más brutal al que puede someterse un instrumentista.

La realidad del estudio: La grabación funciona como una guillotina implacable; no admite términos medios ni excusas. O suena bien, o suena mal.

Escondidos detrás de la acústica de una sala de conciertos o arropados por una orquesta, a veces podemos camuflar pequeñas imprecisiones, pero el micrófono lo desnuda todo. Reconozco que siempre resulta una prueba dura escucharse a uno mismo en frío durante las primeras tomas. Sin embargo, si uno se despoja del ego y aborda el proceso con la suficiente humildad, se convierte en una escuela acelerada de la que se aprende muchísimo.

Un consejo de oro para el futuro

A raíz de esta gran experiencia en la industria cinematográfica, aprendí un detalle técnico-administrativo que considero vital para cualquier músico de sesión, y que quiero dejar aquí reflejado a modo de consejo:

  • Exige siempre tu registro en IMDB: Cuando colabores en la banda sonora de un proyecto de este calibre, no te olvides de solicitar de manera estricta que registren tus créditos en la base de datos de Internet Movie Database (IMDB). En el engranaje de la industria del cine, tener tu nombre correctamente ingresado en las fichas oficiales es tu mejor carta de presentación y lo que realmente sumará puntos para que te llamen en próximas producciones.

Poner mi granito de arena en Dos me demostró que el violonchelo no solo acompaña, sino que es capaz de transformarse en el pulso, el miedo y el corazón de una historia proyectada en la gran pantalla.

Cómo hacer tu primer showcase y no morir en el intento: Lecciones de la industria real

Introducción

La primera vez que me enfrenté al formato de un showcase, lo hice con Socos Duo, nuestra formación de violonchelo y marimba. Fue el escenario donde comprendí de golpe, y sin anestesia, una verdad fundamental: la industria musical no está para perder el tiempo.

Si estás pensando en dar el salto a este formato para impulsar tu carrera, quiero ahorrarte algunos dolores de cabeza compartiendo lo que la experiencia (y algún que otro tropiezo) me ha enseñado.

¿Qué es exactamente un showcase? (Y la trampa del tiempo)

Un showcase no es un concierto corto; es una demostración comercial de un máximo de 20 minutos para enseñar lo mejor de tu propuesta artística. Es un escaparate diseñado para que programadores, agencias de booking o mánagers se interesen por tu proyecto.

Por aquel entonces, con Socos Duo estábamos presentando nuestro tercer disco. Teníamos un pequeño problema de perspectiva: nuestro tema más corto duraba nueve minutos.

Cuando tienes 20 minutos totales, debes calcular que necesitas unos 6 minutos de margen para presentarte brevemente, respirar, afinar y absorber los aplausos entre canciones. Nuestro primer gran error fue pecar de optimistas y pensar que podíamos estirar el set hasta los 22 minutos. ¿El resultado? Al cruzar la barrera del minuto 20, la organización simplemente nos aplicó un fade out (nos bajaron el sonido desde la mesa). Nos quedamos con las ganas de escuchar nuestro propio final apoteósico. La industria es implacable con el reloj.

Los pilares técnicos y artísticos para sobrevivir

Para que esos 20 minutos jueguen a tu favor y no en tu contra, hay dos aspectos que debes dominar a la perfección:

  • Un Rider Técnico impecable: Tu rider debe estar perfectamente cerrado y claro para que la prueba de sonido —que suele ser exprés— vaya sobre ruedas. Una mala prueba genera desconfianza en los programadores. Da igual lo mucho que intentes justificarte o explicar lo bueno que eres después del concierto; si el sonido falla, la impresión se desvanece.
  • Impacto sin filtros: No te cortes lo más mínimo. A veces pecamos de reservados pensando en «si gustaremos o no», pero la realidad es que debes ofrecer algo especial, magnético e impactante. Los programadores ven decenas de propuestas al día; si no dejas una huella profunda, caerás irremediablemente en el olvido.

La estrategia de los mercados: El «ADN» musical

No te limites a jugar todas tus cartas a un solo showcase. Hay que rodar y presentarse a tantos como sea posible. Cada mercado musical tiene su propio ADN y atrae a un perfil de programador muy específico.

Están los profesionales que viajan por todos los festivales del circuito, y están los que están firmemente afincados en su región o mercado local y solo te verán si acudes a su terreno. Cuanto más practiques el arte de condensar tu talento en poco tiempo, mejor te saldrá. Además, la persistencia tiene premio: un programador que te vio hace un año puede volver a escucharte hoy, entender mejor tu evolución artística y decidir, finalmente, contratarte.

La realidad de la industria: Los mercados musicales están diseñados por y para el negocio. Buscan proyectos que no solo sean artísticamente viables, sino también logísticamente viables y fáciles de programar dentro de un festival.

Una formación sobredimensionada, o un grupo con un rider y un set de instrumentos extremadamente complejos de trasladar y localizar, tendrá siempre muchas menos probabilidades de ser seleccionado que un proyecto con necesidades estándar y ágiles.

El test de estrés: ¿Estás realmente preparado?

Antes de subirte al escenario de un showcase, es vital que la formación se mire a los ojos y responda a una pregunta incómoda: ¿Estamos dispuestos a irnos de gira un mes o dos enteros sin pasar por casa?

He visto casos en los que, tras conseguir el éxito y los contratos en un mercado musical, el proyecto se ha desmoronado porque los músicos, por razones personales, laborales o familiares, no podían asumir la realidad de la carretera.

El equilibrio de las dinámicas de grupo

Es crucial definir con total honestidad qué tipo de proyecto lideras:

  1. ¿Es una banda pura? Donde todos dependen de todos y la identidad es indivisible. En este caso, la ecuación es clara: van todos a una.
  2. ¿Es un artista principal con músicos de acompañamiento? Si es tu caso, hay que armarse de humildad y pragmatismo. Hay que asumir que el artista principal puede y debe moverse con otros músicos si las circunstancias lo requieren. Ofrecer esa flexibilidad y dejar claro en las reuniones posteriores que el formato puede adaptarse es una llave que abre muchísimas puertas.

Constancia y el valor de las relaciones personales

El éxito en este entorno no es una cuestión de suerte, sino de constancia y relaciones humanas. Aceptar esto puede ser duro, pero el contacto personal con los programadores es lo que marca la diferencia. Bajarse del escenario, ir a la zona de networking y entablar una conversación real es parte del trabajo. Y un último consejo de oro: hablar idiomas. Saber defender tu proyecto en inglés o en otras lenguas sigue siendo, a día de hoy, la herramienta definitiva para derribar fronteras.

La vez que más notas he fallado y lo que pude aprender de la experiencia

Introducción

En la vida de un músico hay noches de gloria y noches en las que desearías que el escenario se abriera y te tragara. Esta es la crónica de una de esas últimas. Fue la primera y, paradójicamente, la última vez que tocamos con el Alexis Alonso Quartet para la televisión. Una velada que prometía ser la consagración de nuestro trabajo, pero que terminó convirtiéndose en la actuación en la que más notas he fallado en toda mi vida. Sin embargo, con el paso del tiempo, ha resultado ser una de las experiencias que más me ha enseñado.

Todo ocurrió durante la gala de entrega de los Premios Canarios de la Música, si la memoria no me falla, en su tercera edición. Nuestro grupo optaba al premio a «Mejor Disco de Jazz del Año» y, como nominados, recibimos la invitación para interpretar uno de nuestros temas en directo.

El preludio de la tormenta

El evento se celebraba en el majestuoso Teatro Leal, un lugar que custodia un piano acústico formidable. Sin embargo, las imposiciones técnicas empezaron pronto. Horas antes de la gala, Radiotelevisión Canaria nos citó para una supuesta prueba de sonido. Digo «supuesta» porque, como suele ocurrir en estos macroeventos televisivos, fue una prueba exclusivamente para la emisión y no para los músicos. No nos sentimos a gusto en ningún momento, la escucha entre compañeros era deficiente y, para colmo, la cadena obligó a Alexis a utilizar un teclado electrónico en lugar del imponente piano del teatro, simplemente para evitarse complicaciones de microfonía.

Ya por la noche, esperamos sentados entre el público el veredicto de nuestra categoría. El premio, muy merecidamente, se lo llevó el primer álbum de Simbeque. No hubo tiempo para lamentos; justo después de escuchar el fallo, nos tocaba correr entre bambalinas para prepararnos.

El ritmo del backstage era frenético. Entre actuación y actuación, el humorista Darío, de Palante Producciones, amenizaba la entrega de premios. Justo antes de que fuera nuestro turno, actuó una cantante acompañada por su pianista. Nosotros esperábamos en la sombra, sintiendo la presión de los minutos contados.

El caos en directo y el misterio de la afinación

Nos empujaron al escenario entre prisas, chillidos de los regidores y la urgencia implacable de la televisión. Como violonchelista, no tuve ni un mísero segundo para comprobar si mi instrumento seguía bien afinado. Me encomendé al destino, dando por hecho que la madera no habría sufrido grandes variaciones y que el teclado electrónico de Alexis nos daría ese «La a 440 Hz» perfecto e inamovible.

El tema elegido para esa noche era «Nights», una pieza que habitualmente rozaba los diez minutos de duración. Era una de nuestras composiciones más sentidas y con mayor margen para la improvisación; tenía un flow y una carga emocional que siempre impactaba al público.

La obra arranca con un ostinato del piano. Desde el segundo uno en que pasé el arco sobre las cuerdas, el terror se apoderó de mí: mi afinación no casaba en absoluto con la del piano.

A la disonancia insoportable que yo mismo estaba generando se sumó el hecho de que no lograba escuchar por monitores a Agustín Buenafuente, nuestro contrabajista. Roberto Amor a la batería hacía lo imposible por mantener a la banda unida a través del ritmo, mientras Alexis esperaba pacientemente a que yo entrara con la melodía principal para empezar a desarrollar las variaciones.

El tema comenzaba en Do menor y, a la mitad, modulaba a La menor. El problema era que yo no conseguía empezar. No encontraba las notas. Todo sonaba horriblemente desafinado y, en pleno pánico escénico, le eché la culpa a mi violonchelo, convencido de que se había bajado la afinación.

Pasaron cerca de tres eternos minutos en los que todo el mundo esperaba el tema principal. Al ver que yo no arrancaba, Alexis tomó la decisión de modular directamente. Fue en ese preciso instante de la modulación cuando se hizo la luz en mi cabeza: mi violonchelo sí estaba bien afinado. Estaba perfecto. Entonces… ¿qué demonios estaba pasando?

Un desenlace abrupto y una revelación indignante

Ante la urgencia, decidí lanzarme al vacío. Entré justo en ese momento, improvisando y buscando a tientas notas que encajaran más o menos con la armonía que sonaba. La energía del grupo se había fracturado por completo. Roberto, confundido, vio cómo el solemne inicio de Nights se había convertido en un borrón incomprensible. Alexis intentó encauzar el desastre improvisando, pero cuando llegó el momento de volver a la melodía para cerrar el tema, fue imposible. Esa melodía era mía, yo debía tocarla. Sin saber qué hacer, Alexis cerró la actuación de una manera tosca y abrupta.

Toda mi intervención consistió en errar notas, buscar desesperadamente la armonía correcta y sudar frío delante de la industria musical canaria en pleno.

Fue justo al final cuando descubrí la amarga verdad: el teclado estaba transpuesto un tono por debajo de su afinación real.

Durante los primeros minutos, intenté hacerle señales visuales a Alexis para que parara la actuación, para evidenciar que había un error técnico grave, pero él, quizás por la presión, se limitó a continuar tocando para las cámaras.

Nos bajamos del escenario envueltos en una nube de decepción, desconcierto y furia. Roberto salió por la puerta trasera del teatro sin mirar atrás, cabreadísimo. Agustín y yo nos fuimos a Santa Cruz con el alma a los pies. Fue en el coche, bajando hacia su casa, donde atamos cabos y resolvimos el misterio: el pianista del dúo que actuó justo antes que nosotros había bajado la transposición del teclado un tono para adaptar las canciones a la tesitura de su cantante… y lo dejó así.

Lo que me enseñó el desastre

Mi cabreo inicial fue monumental. Me enfadé con Alexis por no darse cuenta o no querer parar; me enfadé con el pianista anterior por su descuido, y me enfadé con la vida por hacernos desaprovechar un escaparate tan inmenso. Tardé semanas en recomponerme de aquel golpe. Sin embargo, con el paso de los años, aquel desastre se convirtió en una de mis mayores fuentes de aprendizaje. De aquella noche aciaga extraje lecciones vitales:

  1. Las prisas son el enemigo del arte. Si en una producción televisiva o en un evento notas que las prisas están atropellando el sentido común, tienes que saber parar. Si necesitas tu tiempo para afinar o comprobar el equipo, exígelo. Y si las condiciones no son dignas, a veces es mejor bajarse del barco. No se debe hacer servidumbre con la música.
  2. No se le pueden pedir peras al olmo. Comprendí que cada músico, incluyéndome a mí y a mis compañeros, tiene sus propias virtudes y sus propios defectos. En situaciones de estrés extremo, no todos reaccionamos con la perfección y claridad mental que a uno le gustaría exigir.
  3. La humildad como escudo. Un desastre solo es tan destructivo como tú permitas que lo sea. Aprender a relativizar los errores y tomarse los tropiezos con humildad es esencial para sobrevivir en esta profesión.
  4. La pausa antes de la tormenta. Aprendí a reflexionar antes de hablar y, lo que es aún más importante, a darme un espacio antes de dejarme llevar por los sentimientos de ira o frustración.

Aquel día fallé más notas que nunca, sí. Pero las lecciones que aprendí resonarán en mí mucho más tiempo que los aplausos que no recibimos aquella noche.

Cómo organizar un concierto para la Casa Real: Crónica de una noche inolvidable en La Laguna

Introducción

Producir un evento musical de alta envergadura es siempre un desafío, pero cuando se conjugan la historia, la fe, la televisión nacional y la presencia de la realeza, el reto se transforma en una obra de artesanía pura. Hoy quiero inaugurar este blog compartiendo con ustedes los entresijos, los desvelos y la inmensa satisfacción de un proyecto que marcó un hito en mi carrera como coordinador y músico: el concierto para la Reina Emérita Doña Sofía en la Catedral de San Cristóbal de La Laguna.

Todo comenzó en marzo de 2024. El Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna se puso en contacto conmigo con una encomienda de altísima responsabilidad. Se conmemoraban los 30 años de la ciudad como Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco, y el broche de oro sería un concierto sacro dentro de la imponente catedral de la ciudad, presidido por Su Majestad.

La premisa era clara: el repertorio debía poseer un profundo carácter sacro, solemne y respetuoso con el espacio, pero al mismo tiempo debía ser vibrante, emotivo y capaz de erizar la piel. Para lograrlo, contábamos con dos de las voces más importantes y prestigiosas de la lírica actual: el tenor Airam Hernández y la soprano Raquel Lojendio.

El alma del concierto: La filigrana del repertorio

Mi primera gran labor como coordinador fue dar forma a la materia prima: la música. Diseñar un repertorio para artistas de la talla de Raquel y Airam requiere un diálogo constante. Me sumergí en conversaciones profundas con ambos, buscando un equilibrio perfecto entre sus extraordinarias capacidades vocales, las exigencias del espacio sacro y la narrativa emocional que queríamos transmitir.

No buscábamos una sucesión fría de piezas religiosas; queríamos trazar una línea discursiva que conmoviera a la Reina y a todos los asistentes. Tras afinar ideas y consensuar propuestas, logramos dar con esa línea perfecta que unía la solemnidad litúrgica con la pasión interpretativa.

De lo sinfónico a la intimidad: El reto de los arreglos musicales

Originalmente, una cita de este calibre sugería el despliegue de una orquesta, pero las necesidades del Ayuntamiento y del espacio nos redirigieron hacia un formato mucho más íntimo y orgánico: un quinteto con piano (piano y cuarteto de cuerda).

Esto supuso que, antes de que el primer instrumento empezara a sonar en los ensayos, tuve que enfrentarme a decenas de horas de trabajo en el escritorio, adaptando y arreglando las partituras:

  • Reducciones sinfónicas: Muchas de las grandes obras elegidas tenían un origen puramente sinfónico. Tuve que destilar la esencia de toda una orquesta para que cupiera en las teclas del piano y el arco de cuatro cuerdas, sin perder un ápice de su grandeza.
  • Enriquecimiento tímbrico: En otras piezas, tomé la reducción de piano ya existente y la «engrandecí», vistiendo y adornando la armonía a través de la sección de cuerda.
  • Formato de cuarteto puro: Para ciertas obras, opté por adaptaciones exclusivas para cuarteto de cuerda.

El objetivo de esta artesanía musical: Crear un contraste constante de colores, texturas y dinámicas a lo largo del concierto. Quería evitar la monotonía; cada pieza debía sorprender por su tímbrica particular, haciendo el evento fluido, ameno y sumamente rico al oído.

Tras este maratón de arreglos, llegó el momento de la verdad. Convocamos a los músicos para los primeros ensayos. Decidimos trabajar primero la pura base instrumental antes de encontrarnos con los cantantes. Aunque siempre surgen pequeños ajustes de última hora sobre el papel, el esfuerzo dio sus frutos: el resultado técnico y musical fue óptimo.

El protocolo de la Casa Real y la precisión de RTVE

Quienes ven un concierto desde la butaca o la pantalla pocas veces imaginan el engranaje invisible que se mueve detrás. Al tratarse de una visita real y de una efeméride de la Unesco, la logística y el protocolo adquirieron una dimensión milimétrica.

Coordinar la escaleta del evento implicó múltiples reuniones con operarios, técnicos y el personal técnico del Ayuntamiento. Sin embargo, el nivel de exigencia subió un peldaño más con la entrada de Radiotelevisión Española (RTVE), que retransmitiría el concierto posteriormente. El equipo de televisión necesitaba conocer con exactitud la colocación de cada músico, el tipo de atriles (para evitar reflejos en las cámaras) y los ángulos visuales para garantizar una realización impecable.

[Altar de la Catedral]
      |
      +--> [Zona de Seguridad de la Reina Sofía] (Distancia obligatoria)
      |
      +--> [Nueva Posición del Quinteto] (Desplazado lateralmente)

Seguridad y etiqueta en la zona real

El momento de mayor tensión logística llegó con la llamada del Jefe de Seguridad de la Casa Real. Su misión era evaluar los riesgos y medir los espacios en el plano de la catedral.

Por cuestiones estrictas de protocolo y seguridad, determinaron que los músicos no podíamos estar demasiado cerca de la Reina Emérita. Esto nos obligó a replantear la escenografía original sobre la marcha, rodando y desplazando la ubicación del quinteto hacia un lateral del espacio asignado, garantizando la distancia reglamentaria sin perder acústica.

Además, la maquinaria de seguridad exigió:

  • Acreditación nominal previa de cada uno de los músicos y técnicos del equipo.
  • Horarios de acceso y encuentro estrictos, donde el más mínimo retraso podía comprometer la entrada al recinto.
  • Un riguroso código de vestimenta que respetase el decoro del templo y la solemnidad del acto frente a la Corona.

El broche de oro: El encuentro con Doña Sofía

Cuando las luces de la catedral se encendieron y las últimas notas sacras dejaron de resonar en la bóveda, supimos que habíamos logrado algo grande. La maquinaria había funcionado a la perfección. Pero la mayor sorpresa del proyecto nos aguardaba al final.

Se nos había notificado previamente que, tras el concierto, los músicos no debíamos retirarnos de inmediato. Su Majestad la Reina Sofía quería saludarnos personalmente.

Aquellos minutos de encuentro privado fueron, además de un honor, un momento de un valor profesional incalculable. Lejos del frío protocolo formal, descubrimos a una mujer sumamente grata, cercana y poseedora de una sensibilidad artística desbordante. Es bien conocida su faceta como una de las grandes conocedoras y melómanas de la música clásica dentro de la realeza europea, y sus comentarios técnicos e impresiones sobre el repertorio y las adaptaciones que habíamos preparado nos demostraron que escuchó cada nota con absoluta atención.

Organizar este concierto no solo fue un ejercicio de resistencia musical y logística; fue la confirmación de que, cuando se cuida cada detalle con pasión, la música es capaz de elevarse hasta los escenarios más exigentes del mundo.

Músicos:
Julia Nikoliszak, violin. Eugenia Jaubert, violin. Alba Gorrea, viola. Ciro Hernández, violonchelo. Emiko Morimoto, piano.
Adaptación y arreglos: Ciro Hernández